Como en el final del verano de 1982, hace ya 28 años, cuando la impopularidad de dos gobiernos fue el combustible para desatar la guerra de Malvinas ahora, otros dos regímenes con imagen en caída libre por sus yerros, parecieran querer explotar el patriotismo de sus pueblos para desviar la atención a sus cotidianas incompetencias y torpezas.
Pero casi treinta años de aquella gesta que aún tiene heridas abiertas, no han sido en vano. Si los laboristas que rodean al premier británico Gordon Brown y los iluminados que asesoran al matrimonio Kirchner en esta parte del Atlántico, quieren sacar real provecho de esta nueva escalada de “tensión” con el Reino Unido por nuestro irredento archipiélago, no lo conseguirán por vía de las altisonancias.El premier Brown puede guardarse sus aseveraciones. El afirmar por radio y televisión en un mensaje a los kelpers –y difundido por la BCC a toda Gran Bretaña- que “hemos hecho todos los preparativos necesarios para asegurar la defensa de las islas y sus habitantes”, ciertamente es una torpeza que apunta más a su vapuleado frente interno, sacudido por el desempleo y la inflación, que a una señal de advertencia a Buenos Aires.
Por supuesto que, salvo alguna mente alocada, la opción militar no sobrevuela el pensamiento de ninguna persona en la Casa Rosada. Pero tampoco se hace mucho para bajar el voltaje a una situación que es perfectamente manejable en el plano diplomático como lo es el tema de la explotación petrolera en torno a las islas, una poco atractiva experiencia por su costo y remotas posibilidades de éxito.
Margareth Thatcher 1982 estaba en su peor momento político y su caída, por un voto de censura en el parlamento, era inminente. Hasta que llegaron a sus oídos informes muy precisos de inteligencia –incluso en febrero de ese año el diario La Prensa de Buenos Aires había anticipado claramente la posibilidad de una acción militar- que la alentó a jugarse el todo por el todo: si los argentinos recuperaban militarmente las islas, tendría servida en bandeja una formidable excusa para desplegar la mayor flota aeronaval hacia el Atlántico Sur. Así ocurrió.
Claro que le hubiera bastado con movilizar algunos submarinos atómicos para bloquear el abastecimiento no solo de las islas sino las vías marítimas de comercio exterior argentino. También con una acción punitiva hubiera puesto de rodillas a la Junta Militar de la época, congelando todas las cuentas argentinas en el exterior, embargando los barcos de la flota mercante nacional y los aviones de Aerolíneas en los aeropuertos, y cerrando toda posibilidad de operación financiera de ultramar.Pero no. Hasta ordenó hundir el crucero General Belgrano para asegurarse el éxito de una ofensiva a todas luces desigual, que costó más de mil vidas, y que le permitió remontar su popularidad a niveles de heroína nacional.La Junta Militar argentina –y los militares duros del Proceso- también querían su guerra “limpia”. La buscaban desde 1978 cuando, por fortuna se evitó porque sus consecuencias hubieran sido inimaginables, estuvimos a un paso de trenzarnos con Chile.
Sin medir un milímetro las consecuencias, se lanzaron a lo que ya se ha escrito tantas veces que se hace innecesario repetirlo aquí.Hace mucho pero mucho tiempo que las Malvinas podían ser argentinas. La primera oportunidad se perdió en la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen de entonces simpatizó y se convirtió en un virtual aliado del nazismo, mientras Brasil entregaba las vidas de miles de sus soldados a la causa aliada. La sangre derramada por nuestros vecinos en los campos de batalla europeos no fue en vano.
A partir de ese momento Brasil comenzó a crecer en un camino que años después la llevaría a la antesala de las potencias mundiales. Nosotros, que además podíamos haber reclamado Malvinas entre otras consideraciones por el aporte a la lucha, por el contrario, comenzamos lentamente a retroceder.
En las décadas subsiguientes hubiera bastado desarrollar un poderoso polo económico en Comodoro Rivadavia para “absorber” a los jóvenes isleños que deseaban por todos los medios salir de esos pedazos de roca. En 1982, vale la pena recordarlo, los isleños se abastecían en combustibles y comidas frescas de los mercados argentinos y estaban enlazados semanalmente con el continente a través de un vuelo regular.
Todo se perdió.Ahora la cuestión, por fortuna desterrada cualquier opción militar, debe darse en función de políticas de estado necesariamente consensuadas por el parlamento y con acuerdo del oficialismo y la oposición. La Argentina tiene que hacer atractivas –y con reglas claras, precisas e inmodificables- las inversiones en su plataforma marítima continental, donde está palmariamente comprobado que hay petróleo sin necesidad de montar complejas y arriesgadas estructuras en torno al ventoso e inestable archipiélago malvinense.
El poder y desarrollo económico de Occidente es lo que terminó volteando los muros y sepultando al comunismo. El desarrollo y despegue de la Argentina, entre ellas el de su Patagonia, es la única herramienta eficaz si se quiere que algún día la bandera argentina vuelva a flamear en nuestras islas. Es la única salida.
Por fortuna, ya no hay margen para otra tragedia.
Por Jorge Carlos Brinsek,Presidente del Consejo Editorial de Productora de Servicios Periodísticos (Prosep).
Pero casi treinta años de aquella gesta que aún tiene heridas abiertas, no han sido en vano. Si los laboristas que rodean al premier británico Gordon Brown y los iluminados que asesoran al matrimonio Kirchner en esta parte del Atlántico, quieren sacar real provecho de esta nueva escalada de “tensión” con el Reino Unido por nuestro irredento archipiélago, no lo conseguirán por vía de las altisonancias.El premier Brown puede guardarse sus aseveraciones. El afirmar por radio y televisión en un mensaje a los kelpers –y difundido por la BCC a toda Gran Bretaña- que “hemos hecho todos los preparativos necesarios para asegurar la defensa de las islas y sus habitantes”, ciertamente es una torpeza que apunta más a su vapuleado frente interno, sacudido por el desempleo y la inflación, que a una señal de advertencia a Buenos Aires.Por supuesto que, salvo alguna mente alocada, la opción militar no sobrevuela el pensamiento de ninguna persona en la Casa Rosada. Pero tampoco se hace mucho para bajar el voltaje a una situación que es perfectamente manejable en el plano diplomático como lo es el tema de la explotación petrolera en torno a las islas, una poco atractiva experiencia por su costo y remotas posibilidades de éxito.
Margareth Thatcher 1982 estaba en su peor momento político y su caída, por un voto de censura en el parlamento, era inminente. Hasta que llegaron a sus oídos informes muy precisos de inteligencia –incluso en febrero de ese año el diario La Prensa de Buenos Aires había anticipado claramente la posibilidad de una acción militar- que la alentó a jugarse el todo por el todo: si los argentinos recuperaban militarmente las islas, tendría servida en bandeja una formidable excusa para desplegar la mayor flota aeronaval hacia el Atlántico Sur. Así ocurrió.
Claro que le hubiera bastado con movilizar algunos submarinos atómicos para bloquear el abastecimiento no solo de las islas sino las vías marítimas de comercio exterior argentino. También con una acción punitiva hubiera puesto de rodillas a la Junta Militar de la época, congelando todas las cuentas argentinas en el exterior, embargando los barcos de la flota mercante nacional y los aviones de Aerolíneas en los aeropuertos, y cerrando toda posibilidad de operación financiera de ultramar.Pero no. Hasta ordenó hundir el crucero General Belgrano para asegurarse el éxito de una ofensiva a todas luces desigual, que costó más de mil vidas, y que le permitió remontar su popularidad a niveles de heroína nacional.La Junta Militar argentina –y los militares duros del Proceso- también querían su guerra “limpia”. La buscaban desde 1978 cuando, por fortuna se evitó porque sus consecuencias hubieran sido inimaginables, estuvimos a un paso de trenzarnos con Chile.
Sin medir un milímetro las consecuencias, se lanzaron a lo que ya se ha escrito tantas veces que se hace innecesario repetirlo aquí.Hace mucho pero mucho tiempo que las Malvinas podían ser argentinas. La primera oportunidad se perdió en la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen de entonces simpatizó y se convirtió en un virtual aliado del nazismo, mientras Brasil entregaba las vidas de miles de sus soldados a la causa aliada. La sangre derramada por nuestros vecinos en los campos de batalla europeos no fue en vano.
A partir de ese momento Brasil comenzó a crecer en un camino que años después la llevaría a la antesala de las potencias mundiales. Nosotros, que además podíamos haber reclamado Malvinas entre otras consideraciones por el aporte a la lucha, por el contrario, comenzamos lentamente a retroceder.
En las décadas subsiguientes hubiera bastado desarrollar un poderoso polo económico en Comodoro Rivadavia para “absorber” a los jóvenes isleños que deseaban por todos los medios salir de esos pedazos de roca. En 1982, vale la pena recordarlo, los isleños se abastecían en combustibles y comidas frescas de los mercados argentinos y estaban enlazados semanalmente con el continente a través de un vuelo regular.
Todo se perdió.Ahora la cuestión, por fortuna desterrada cualquier opción militar, debe darse en función de políticas de estado necesariamente consensuadas por el parlamento y con acuerdo del oficialismo y la oposición. La Argentina tiene que hacer atractivas –y con reglas claras, precisas e inmodificables- las inversiones en su plataforma marítima continental, donde está palmariamente comprobado que hay petróleo sin necesidad de montar complejas y arriesgadas estructuras en torno al ventoso e inestable archipiélago malvinense.
El poder y desarrollo económico de Occidente es lo que terminó volteando los muros y sepultando al comunismo. El desarrollo y despegue de la Argentina, entre ellas el de su Patagonia, es la única herramienta eficaz si se quiere que algún día la bandera argentina vuelva a flamear en nuestras islas. Es la única salida.
Por fortuna, ya no hay margen para otra tragedia.
Por Jorge Carlos Brinsek,Presidente del Consejo Editorial de Productora de Servicios Periodísticos (Prosep).
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